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Opinión

  • | 2016/11/24 00:00

    Impuestos a los pobres I

    El senador Jorge Enrique Robledo se equivoca en sus críticas a la reforma tributaria. Estas son las razones.

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Con preocupación y tristeza seguimos el debate del Senador Robledo sobre la reforma tributaria. Utiliza todo su genio para deconstruir y renarrar la reforma como si esta fuese parte del gran plan para oprimir al proletariado y acrecentar la lucha de clases. Él tacha esta reforma de ser la peor de todas las que se han presentado en nuestra historia. Argumenta que el IVA, el impuesto a las gaseosas y el impuesto al carbono son instrumentos del capital para quitarle el pan de la boca al pobre –perdón la gaseosa, porque el pan no tiene impuestos–.

En su mundo, la tributación es imposición, es opresión, por esto busca en las supuestas palabras del Tesorero de Luis XIV, Jean-Baptiste Colbert –“L’art de l’imposition consiste à plumer l’oie pour obtenir le plus possible de plumes avec le moins possible de cris”–, la supuesta prueba del infame engaño, la gran conspiración que él ha descubierto: los impuestos en Colombia son para favorecer al rico y para desplumar al pobre. Error craso, ya que confunde uno de los regímenes más despóticos y autoritarios de la historia con una democracia; que a pesar de lo imperfecta, nos bendice con la pluralidad y contradicción de personas como él.

Robledo se burla de la preocupación del Ejecutivo por el alarmante aumento en los diagnósticos de diabetes y la epidemia global de obesidad; para él, los insensibles y desconsiderados burócratas ven con malos ojos que los pobres se estén poniendo gorditos. Como si al Gobierno le alegrara el hambre del pueblo y fuese cómplice de las muertes por hambre de niños wayú.

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Su larga y emotiva diatriba genera esa estratégica rabia y resentimiento, que son tan útiles al momento de mover a las masas. Sus medias verdades y sus falaces sumas le sirven para afirmar –sin vergüenza– que el IVA, los impuestos a las gaseosas, el 4x1.000 y los impuestos a los combustibles van a crecer docenas de billones en los próximos 4 años, mientras que el impuesto a la renta apenas crece unos cientos de miles. En ningún momento se preocupa por tener el menor rigor. No le interesa ni entender, ni debatir, que el IVA subsidia de forma muy regresiva a los hogares de ingresos altos. Desconoce que las tiendas de barrio son las que surten las necesidades de la mayoría de los colombianos y por ende esas mayorías tributan muy poco IVA. Se le olvida que los mercados y Corabastos del país venden más de $20 billones al año en la más absoluta informalidad, al igual que el 80% de las ventas en caliente de carne de res donde el sector pecuario corona su masiva evasión de impuestos. No menciona que más de la mitad de los bienes de consumo, el transporte, los arriendos no comerciales o la vivienda de interés social ninguno paga IVA. Más grave aún, trata de divorciar los impuestos del gasto, siendo lo segundo lo verdaderamente importante.

El Senador podría dar el debate sobre la realidad de la reforma y su urgencia. Él tendría como pocos la autoridad moral para enfocarse en temas de fondo como la evasión de impuestos; y la urgencia y necesidad de introducir sanciones penales a los grandes evasores, sus contadores y sus asesores. La experiencia internacional prescribe que cuando la evasión es masiva, con robo de IVA que ronda por el 40%, evasión en renta de empresas por encima de 25% y evasión de renta de personas naturales en más de 50%, lo único que funciona es el efecto demostración. ¡Sí! El país necesita evasores de impuestos poderosos y reconocidos, sancionados ejemplarmente ante los ojos de la sociedad. Colombia está sedienta de justicia para quienes han decidido hacerle conejo a la prosperidad del país. Las multas y sanciones monetarias no van a cambiar el comportamiento de estos curtidos evasores. La sanción penal que se extingue con el pago de lo robado tampoco sirve para nada. Solo un sistema sancionatorio ejemplar y público va a cambiar el comportamiento.

Trasladar la obligación de cobrar impuestos de la Dian a la Fiscalía, y así hacer de los fiscales chepitos, no va a funcionar. Por una parte, la Fiscalía tiene problemas de corrupción tan o más severos que la Dian, y los fiscales honestos, con vocación, creen en la sanción social, no en la labor de chepitos. Además, la evidencia empírica no es favorable, el Fiscal tiene radicadas noticias criminales de gravísimos fraudes para evadir impuestos. Y las investigaciones a dichos poderosos empresarios y constructores ni siquiera las inician.

Cobrarles impuestos a los grandes evasores implica pocos amigos, particularmente en los círculos del poder. Esto exige una vocación de servicio público, donde el interés particular se sacrifica en servicio de la construcción de lo colectivo y sus instituciones. Los generosos contratos de asesoría que les esperan a quienes son “constructivos” con el poder se sacrifican ante el altar del servicio público. El Senador debería estudiar casos como el de Guatemala, donde el director de impuestos es un fiscal, con enorme vocación de servicio, y quien tiene el valor civil de investigar y sancionar a los intocables. Una sola auditoría recaudó US$100 millones de contado.

Es necesario cerrar las brechas de evasión y fortalecer y depurar la Dian la Fiscalía. Por el momento, hay que tapar ya los huecos fiscales con lo que hay.

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