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Opinión

  • | 2020/02/17 00:01

    ¿La globalización es para cuántos?

    La idea de la globalización no es reciente. Ha estado grabada en el ADN de la humanidad desde hace unos 60.000 años.

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Cruzar y establecer nuevas fronteras ha sido un reto desde los primeros humanos que salieron de África hasta nuestros días. Lo novedoso, de los últimos 40 años, es la globalización como doctrina de la liberalización completa de flujos financieros y comerciales. Se expresa por medio de un liberalismo utópico y, para el caso de América Latina, se materializó en la simplificación de que la vinculación de estos países en la economía global consistía en políticas de eliminación de barreras de la protección, el equilibrio macroeconómico y la reducción del papel del Estado en la economía. 

Recientemente el Banco de la República publicó un libro (García, Montes, Giraldo, 2019) que intenta mostrar que los pobres resultados del comercio exterior colombiano se deben a que no se han eliminado dichas barreras. Afirma que la culpa de “la escasa participación de los productos colombianos manufacturados en las cadenas globales de valor”, es la alta protección. Además, insiste en el dogma de que la apertura beneficiaría al consumidor, sin ir más allá; es decir, no otorgan ningún valor al hecho de que los consumidores deben tener ingresos, los cuales proviene -mayoritariamente- del trabajo, el cual se origina en la producción; en la producción de mercancías. Este es el misterio más estudiado y -por fortuna- resuelto en los países desarrollados, pero que prácticamente nadie entiende en el alto Gobierno.

No obstante, los hechos van en contra de la argumentación sobre la persistencia en la protección. Primero, porque los datos del Banco Mundial indican que la tasa arancelaria media ha caído 31,8 % desde 1991 y el recaudo de aranceles, como porcentaje del recaudo tributario, pasó de 15 % en 1991 a 2,7 % en 2019. Segundo, porque desde 2005 Colombia ha implementado 16 tratados de libre comercio, con específicas y rigurosas medidas de apertura que han provocado, según el ministerio de Comercio, un aumento de las importaciones de 7,2 % en promedio cada año y un incremento del déficit comercial. En este sentido, como lo expresa José Antonio Ocampo, “no hay la menor duda de que la economía es más abierta a las importaciones hoy que hace tres décadas”. 

La explicación del fiasco de la inserción colombiana en los mercados globales debe buscarse en un campo diferente al de la protección. Se encuentra en el rezago de la capacidad productiva colombiana. En efecto, el problema no radica en el acceso a más mercados sino en la ausencia de una oferta exportable que beneficie el comercio exterior. Por ejemplo, hacia Estados Unidos en 2004, antes del TLC, había 66 partidas exportadas más que en la actualidad. Los resultados concuerdan con la pérdida de la participación de la industria manufacturera y del empleo industrial en el PIB, en favor de sectores como el comercio de mercancías importadas. Cifras del DANE revelan que la participación de la industria en la oferta total de la producción nacional pasó de 39 a 31 % en tan solo una década, siendo el sector que menos aporta en este aspecto, al tiempo que representa el 70,7 % de las importaciones totales. Así, es preciso afirmar que se prefirió satisfacer las necesidades de mercancías con fábricas y trabajos foráneos, o peor, creando riqueza en el extranjero y pagando con materias primas no renovables. ¡No hay un peor negocio!

La globalización no ha sido para todos. La modernidad y estilo de vida de unos pocos que se han enriquecido saqueando las finanzas públicas, se financia con la precarización laboral y el exiguo desarrollo empresarial del país. El clan aperturista ha creado la noción de que el progreso está en exportar aguacates para importar celulares de gama alta y automóviles de lujo. El comercio exterior de Colombia será exitoso cuando llegue un gobierno que entienda que para exportar primero hay que producir mercancías con alto valor agregado, para lo cual se requiere invertir recursos públicos en la ciencia y tecnología.

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