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Opinión

  • | 2019/11/11 23:58

    Marchar vs. Destruir: el peligro de los macrodiscursos

    Parte de los problemas de Colombia se explican por una doble incapacidad: la de cambiar las cosas y, la de entenderlas. Detrás de nuestros pesares hay estructuras de incentivos, cuyas consecuencias no queremos saber hasta que inevitablemente llegan. Hablemos de marchas, macrodiscursos y confusiones. Pero también hablemos del famoso castrochavismo, para que algunos se indignen antes de sacrificar la pereza de analizarlo desde una perspectiva distinta.

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Hay una gran diferencia entre marchar por una protesta social multidimensional y, destruir con dolo, dejándose llevar por la perversión de la psicología de masas. Hay incitadores que son conscientes de las consecuencias peligrosas de los discursos, pero desde la comodidad de su celular, no se preocupan por los efectos de los extremos. Si nos distanciamos de ellos, podemos crear un diálogo real y productivo.

El 3 de septiembre de 1911, más de 200.000 personas se agruparon en el Treptower Park en Berlín, inspirados por ideas de libertad y temor a una guerra inminente que despertaría el terror en Europa. No fue necesario incendiar todo ese día. Protestar es un derecho reconocido y apropiado, pero como todo en nuestra existencia, también ha servido para abusar e imponer la irracionalidad, que al final nos cuesta mucho más. 

Recuerdo como en mis tiempos de estudiante en Alemania salimos varias veces a “demostrar”, para hacer una abrupta traducción de la palabra que se usa en alemán. Pero era eso lo que hacíamos. La policía realmente no jugaba ningún rol aparte de mostrarnos el camino en las calles. Pero, esa era la actitud de nosotros como estudiantes, que portábamos una voz y luego nos dedicábamos a ir a debates, escribir, participar, criticar, proponer. Mientras tanto, también había salvajes antisociales que creían que quemar carros en las calles iba a volverse un mensaje convincente de cambio. En julio de 2017, 31.000 policías no fueron suficientes para frenar turbas enormes que casi acaban con Hamburgo, sí, una de las más “prósperas” ciudades de Europa. Pero su mensaje fue ridículo. “Estamos cansados”. Sí, tranquilos, todos lo estamos, de esto o de lo otro, pero a punta de incendios no lograron nada, solo catalizar la indignación, que genera victorias políticas, pero no siempre sociales. Y en esas victorias, esos que ‘luchan’ en la primera línea, son apenas escudos humanos de los triunfos políticos de los oportunistas.

Así me parezca esencial el derecho a la protesta, también siento que tenemos derecho a que unos desadaptados no destruyan lo que se paga con nuestros impuestos. Algunos irresponsables, embriagados en su efímera fama digital, política e ideológica, incitan, mientras prefieren desconocer que las buenas intenciones pueden desembocar en desastres. Imaginen que yo, en mi buena intención, inspirado por la sostenibilidad y la preservación de la apicultura, invito un grupo de gente a ver panales de abejas. En medio de la emoción, y para ser pro-naturaleza, ignoro el tema de los trajes de seguridad, qué diablos. Pero sucede que, al llegar, nos encontramos con panales africanizados. Algunos terminan picados, otros no lo logran, y uno luego entiende el error. Hasta ahí llegó el mega discurso de la sostenibilidad, porque un actuar social inteligente es el que se hace entendiendo los riesgos de las palabras, la incitación, la inercia, y la psicología social. Alguien que prevé las consecuencias, en este caso, consigue los trajes de protección.

“Welcome to Hell”, gritaban algunos indignados en Hamburgo. Detrás de esto hay mecanismos de psicología de masas, en donde uno delega su identidad a un grupo, mofándose de las consecuencias. Lean a Gustave Le Bon, y entenderán por qué sí existen algunos “idiotas útiles” en el salvajismo de las masas que destruyen y no proponen. Estos merecen ser frenados de manera contundente, con la misma dureza con la que sí son capaces de agredir a jóvenes periodistas. “No soy yo el que destruye, es el grupo, entonces todo vale”. Y, como la mejor forma de esconder la mediocridad y sacar el rencor es buscando enemigos, ojalá ya con peleas pasadas, la indignación se cataliza por la presencia de la policía, sabiendo, pero ignorando voluntariamente, que la policía simplemente tiene que estar ahí presente por su mandato legal.

Los que incitan estos comportamientos, sabiendo en el fondo, que las buenas intenciones mutan en violencia, son los verdaderos parásitos que llenan de ignominia una sociedad ya violentada. Y, ya que hablamos de extremos, les pondré uno, pero visto de una forma equilibrada. Hablemos del famoso cuento del castrochavismo. Sí, que algunos se indignen solo con leer la palabra, dado que la indignación inmediata usa la emoción como égida para proteger la mediocridad y maltratar el olvidado derecho a pensar y disentir.

En el debate del castrochavismo, cualquier extremo es absurdo. Por un lado, el que cree que hasta su migraña es culpa del castrochavismo, y, por el otro, el que cree que es solo una profecía instrumentalizada de conspiraciones que no existen. Ambos extremos son desastrosos. La visión equilibrada nace cuando uno habla directamente con personas de Venezuela, analiza con visión de largo plazo lo que ocurrió allá, diferencia contextos, compara procesos políticos, lee entre líneas, y concluye, que los macrodiscursos son sumamente peligrosos, porque son un comodín del oportunista. Para mí, sí hay procesos ideológicos grandes, llámenlos como quieran, y el riesgo está realmente en no entender las estructuras de incentivos que hunden sociedades, tal y como sucedió con Venezuela, no hoy, sino en las épocas en que la gente creía que los decretos de inamovilidad laboral de Chávez eran un chiste. 

Para las marchas del 21 de noviembre, algunos se aprovechan de estos macrodiscursos para alborotar, ya sea un bando u otro, porque aquí siempre hubo y habrá sectarismo. Ese mismo riesgo es el que puede deteriorar las protestas, porque ya hemos visto en qué terminan. Su verdadera razón de ser pasa a un segundo plano cuando la violencia triunfa y todos perdemos. La indignación se puede plasmar de manera más creativa. Ya me imagino a esos indignados que salen a lanzarle ladrillos a estaciones de TransMilenio, pero que, en elecciones, no son capaces de salir a votar. La indignación es amiga íntima de los macrodiscursos, aquellos diseñados para que no pensemos. Por eso, antes de la emoción de la marcha, me quedo con la importancia de la reflexión, la obsesión por la ciencia, la empatía con las familias de los policías, el respeto por los estudiantes pacíficos, y el rechazo absoluto a los instigadores, que luego se indignarán por las consecuencias de su propia oscura voluntad.

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