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Opinión

  • | 2019/10/15 00:01

    Menos salario para jóvenes y el lío de los incentivos

    Pagarle un 75 % del salario mínimo (SM) a los jóvenes se convirtió en epicentro de un debate que ha olvidado algo esencial: el rol de los incentivos. Quisiera darle algo de perspectiva a este debate, en vez de caer en un exótico bipartidismo que ve todo en blanco y negro.

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Pagarle un 75 % del salario mínimo (SM) a los jóvenes se convirtió en epicentro de un debate que ha olvidado algo esencial: el rol de los incentivos. Quisiera darle algo de perspectiva a este debate, en vez de caer en un exótico bipartidismo que ve todo en blanco y negro. 

Inicio contextualizando la propuesta antes de pasar a ver el tema del ‘anclaje’ y los incentivos. Tenemos un desempleo juvenil del 17,7 %, una tímida productividad que no crece a más del 0,5 %, un hueco pensional enorme, costos no salariales del 48 %, vientos de inflación cercanos al 4 %, especulación sobre futuros aumentos de tasas de interés y preocupaciones sobre un crecimiento económico débil, pero importante ante el turbulento contexto internacional que ha golpeado el valor del peso. También tenemos un sector bancario con utilidades semestrales de 5,2 billones, mientras que las empresas jóvenes se hunden en formalismos, iliquidez y poca tecnificación. Nuestro mercado laboral tiene una rigidez enorme, pero eso no implica que una iniciativa de corto plazo, como lo plantea Anif, vaya a solucionar el problema del desempleo juvenil.

Anif tiene la razón en otras propuestas urgentes como la del escrutinio al abuso de las incapacidades médicas, la eliminación de los intereses de las cesantías, la fijación de topes a los costos de despido, y la creación de alternativas profesionales en la secundaria. Sin embargo, la propuesta de fijar vía decreto un SM diferencial para jóvenes por un año, tiene unas complejidades psicológicas que debemos poner sobre la mesa. No quisiera entrar en las problemáticas legales, porque este país vive embriagado con sus formalismos jurídicos y el prestigio de sus doctores. Entremos mejor en los líos psicológicos. Entendamos el cuento de los incentivos.

Los trabajos de Tversky y Kahneman (1974) en economía conductual nos mostraron que nuestro cerebro se puede anclar en un valor de referencia inicial sin que nos demos cuenta. Si yo les digo que un producto nuevo vale 10 USD, su cerebro puede terminar cayendo en un sesgo cognitivo, creyendo que es un precio aceptable. En el mercado laboral las cosas no tienen por qué ser distintas. Veamos algunas preocupaciones para complementar el debate.

  • Anclaje a un valor menor dificulta aumentos salariales posteriores: el aumento marginal del salario se basa en la referencia del salario mínimo, que normalmente es “inflación + productividad + presión emocional colectiva”, que triunfó el año pasado. El problema no es ese. El incentivo perverso aparece en el momento en que un joven tendría que estar agradecido con el empresario, luego de culminar su año de aprendizaje, por cualquier aumento por encima del mínimo, si es que se puede quedar. Pero el empresario está anclado a nuevo un valor del 75% del SM, motivo por el cual es poco probable que de repente le pague un múltiplo grande del salario inicial. El empresario pensará legítimamente: ¿por qué, si la productividad no ha aumentado, ahora debo doblarle o triplicarle el salario? Preferible será entonces contratar a otro para que venga a aprender, y así sucesivamente.

  • Discriminación a otros grupos etarios: el salario mínimo diferenciado puede generar un efecto de sustitución. Si puedo contratar a alguien “para que adquiera experiencia” a un valor menor, tengo un incentivo para no contratar a alguien de 26 años o más. No olvidemos el componente migratorio, sabiendo que hay bastantes jóvenes de un país vecino en el mercado laboral (El 28% está entre los 12 y los 25 años). Ahora, cuanto más alta sea la edad de la persona que no contraté, más alta es la probabilidad de que haya ido adquiriendo más responsabilidades (e.g. tener hijos), créditos, y más. El efecto sustitución tendría efectos socioeconómicos.

  • Ojo con anclarnos a lo “temporal”. En Colombia amamos volver eterno lo temporal. Ahora en noviembre el 2x1000, ya madurado en un 4 x 1000, cumplirá sus primeros 21 años. El SITP provisional terminó siendo permanente y, así las cosas. No descarto que estas soluciones temporales para el salario juvenil incentiven un fuerte lobby para perpetuarse, pues dudo que nuestra productividad suba tanto en un año, que decidamos tumbarlo al unísono. 



  • Menos experiencia, pero posiblemente más responsabilidades: pensemos en las consecuencias del embarazo adolescente, que lleva a que jóvenes de menos de 25 años terminen siendo jefes de hogar. Pero ahora paguemos el 75 % del salario mínimo para que vayan aprendiendo sobre el trabajo, no sobre la vida. Actualmente, es difícil determinar con exactitud cuántos menores de 25 años, que ganan valores cercanos al mínimo, tienen hijos. Y esto nos debería preocupar. Esta propuesta puede terminar cortándole el ingreso disponible a hogares de jóvenes que viven endeudados, y no encuentran mayor oportunidad que la de ir a “adquirir experiencia”.

  • Los recién graduados no son todos igualmente productivos. No podemos escondernos detrás de un título o darnos de empíricos imbatibles por no tener uno. Todo extremo es malo, y no está bien pagarle menos a jóvenes que pueden ser muy productivos, mientras que se reciben otros, duramente improductivos, por salarios mucho más altos, por puro caché. Si tenemos el incentivo de pagarles menos, probablemente lo haremos. Cuando el empresario mira el flujo de caja, algunas consideraciones se vuelven menos importantes.

Como emprendedor, sé que es frustrante que uno deba pagar más allá de la productividad, pero empezar a pagar menos no necesariamente hará nada por cambiarla. Quizá alivie a la empresa y brinde algo más de formalidad a algunos, pero también puede ocasionar rotación laboral. Es cierto que, en la distribución del ingreso, el 45 % gana menos del SM, pero eso no garantiza que se van a formalizar. La informalidad también tiene su mundo de incentivos y tentaciones.

Decía hace poco, que la solución de ANIF me recordaba a la ley de hierro ricardiana, inspirada en las ideas malthusianas sobre la subsistencia de la población. Según esto, el salario real tendería a ser lo mínimo necesario para la supervivencia. Esta mentalidad era la misma que veía la solución del desempleo en la reducción de los salarios, hasta el mínimo vital. Parte de lo que catapultó a Keynes a la transformación del pensamiento económico tuvo que ver con un pensamiento realista enfocado en el corto plazo, que no aceptaba el mágico momento en donde los salarios bajarían y solucionarían el desempleo. Esta solución no está exclusivamente en el mercado laboral, sino en una política económica integral que suba la productividad, y todo lo que ello implica. La propuesta de ANIF es malthusiana en su exótica flexibilidad, y keynesiana en sus plazos. Sin embargo, debo decirlo, tiene otros dos problemas contextuales.

El primero nace en quien hace la propuesta: la Asociación Nacional de Instituciones Financieras, conocida más coloquialmente como “los bancos & Co.”. El otro problema es el momento, pues la propuesta se da en medio de las elecciones y, justo antes de la negociación del salario mínimo. Lo primero ya es ingrediente inevitable de descrédito, y el difícil ejemplo del emprendimiento y los obstáculos de los bancos lo anima. Lo segundo es una extraña (pero inevitable) táctica, pues ahora habrá un componente emocional que exacerbará las emociones en la negociación del mínimo, y en el pensamiento electoral. Ya se empieza a ver que, a pesar de ser una propuesta de privados, el culpable automático es el Presidente. 

Anif puede tener razón alertando sobre un peligroso aumento de más del 4,5 % en el SM del 2020, pero su propuesta del 75 %, por esta época del año, le da más dientes a los que quieren un aumento poco realista del SM, utilizando campañas electorales con eufemismos que distorsionan las verdaderas propuestas de gobierno.

Anif tiene quizá uno de los mejores equipos investigadores en Colombia, empezando por la trayectoria de su presidente, pero considero que deben incluir la dimensión de incentivos en su propuesta para poder ver sus consecuencias en perspectiva.

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