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Opinión

  • | 2020/02/18 00:01

    Priorizando pendejadas: los costos de un país distraído

    Mientras la calidad del aire de varias ciudades colombianas amenaza la salud pública, el alboroto nacional se da por un viaje de la familia presidencial a Panaca. A veces los más indignados son los que más posicionamiento político buscan, sin importar los costos sociales. Colombia es el país de la distracción inducida, porque indignarse no termina transformando preocupaciones colectivas en políticas de cambio. La falta de educación y, peor aún, de interés por la educación, termina presionando estas tendencias que tienen un brutal deterioro de la calidad de vida como resultado.

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Si la grandiosa opinión pública colombiana tuviera en su línea tradicional la priorización de los problemas y sus soluciones, otra sería la historia de un país sumamente perezoso para deshacerse de la amnesia. Lo que se ve folclóricamente como un buen vividero termina siendo una triste e ingenuamente celebrada incapacidad colectiva de crear una mejor sociedad. Uno de los mejores reflejos de esta realidad es la forma en que se le da prioridad a temas que no sirven para nada, pero sí entretienen. El mejor ejemplo es la pérdida de tiempo de la vergonzosa y egocéntrica gritería entre Vicky Dávila y Hassan Nassar. Ojalá hubieran debatido por la forma en que se ‘impulsa’ la ciencia en Colombia. Ojalá se indignaran por la calidad del pavimento en las carreteras, el adoctrinamiento en los colegios o, por la obsesión de tener camionetas blindadas que no necesitan muchos funcionarios públicos. Pero no es su culpa tampoco, si este país lo que pide, mientras sufre, es entretenimiento. Imaginen que uno tiene hambre, pero ve la solución en que lo anestesien levemente para no sentirla, en vez de buscar la forma de cultivar algo para comérselo. 

Se dice que Colombia es un país tremendamente feliz, pero pareciera ser un lugar que le sube a la música, buena eso sí, para engañarse a sí mismo en un atraso que beneficia profundamente a los que cultivan la ignorancia. Resulta preferible politizar los problemas de infraestructura para hundir a unos y catapultar a otros, que buscar soluciones estructurales a la falta de conexión entre el suroriente del país con el resto del territorio. Causa impresión la velocidad y el codeo con el que aparecen los entes de control para opinar sobre cualquier cosa, cuando se supone que se crearon para algo un poco más modesto, metódico y técnico, que terminó en manos de políticos. La Procuraduría se debería llamar la Opinaduría General de la Nación, al menos por coherencia. ¿Pero de qué nos quejamos? Si en cualquier comunicado de estas entidades prácticamente todo el mundo come entero, como crédulos autómatas que prefieren ensalzarse por el placer del corto plazo, para no aburrirse con lo importante. ¿Para qué cuestionar? Ya estamos anestesiados por el elixir que dice que todo es corrupción; todo es una dicotomía entre nefastos personajes como Uribe y Petro, y así sucesivamente. Los megatemas nos seducen tanto, que solo nos piden un empujón digital manifestando agresivas opiniones para cultivar victorias políticas de personas que poco se interesan por el bienestar del país. 

Aquí le creemos más a activistas y gritones que a científicos que han dedicado su vida a estudiar fenómenos que nos afectan. Le creemos más a los tinterillos que a las personas que estudiaron Leyes por amor a su disciplina. Le creemos más a tuiteros que a las olvidadas bibliotecas que lloran la desatención mientras nos dicen que tienen todo lo que necesitamos para arreglar los problemas. Aquí hay que apagar primero los incendios digitales antes de cuidar la misma naturaleza en llamas de la que tanto se jacta el colombiano cuando está en el exterior, y empieza a buscar razones enciclopédicas para enorgullecerse de la fauna y flora que nunca ha sido un tema. Y ahí está la ironía. Hay tanto talento, tan buenas personas, tan ideales paisajes, tan privilegiada posición geográfica…¿por qué no priorizar?

Mark Manson, autor de The subtle Art of not giving a Fuck, nos dice que hay que escoger bien aquello que nos debe importar, pero eso no implicará jamás evadir e ignorar los problemas. Cuando leo trinos, opiniones, temas, titulares, me preocupa esa capacidad colectiva de ignorar problemas subiéndole un poco al volumen de la música jocosa. Pero estos problemas se transforman y muerden más duro. Un ejemplo claro es la movilidad. No nos damos cuenta que parte del problema del metro de Bogotá es la telaraña jurídica que se creó para que este fuera casi imposible. Luego, a esta discusión se le dio el veneno de la politización, todo aprovechado por la instrumentalización de figuras públicas que igual no usarían el metro, a menos que sea por un cálculo en el espejismo que llaman su carrera.

Colombia está distraída en una moderna, silenciosa y venenosa política del pan y circo, siguiendo debates banales, entrando con emoción en temas profundos que requieren de tecnicismos y ciencia, y no de tanta opinión de pseudo eruditos que envenenan al país. Cada uno de nosotros puede hacer su aporte, sacrificando unos minutos dedicados a sandeces, glamur y posicionamiento político, para dedicarle así sean cinco minutos a la calidad del aire, la biodiversidad, la complejidad macroeconómica, las vivencias del conflicto, la realidad de emprender como un atributo colectivo, la creatividad digital, y más. Colombia está desaprovechando brutalmente su talento científico, porque anda extasiada en la superficialidad del cortoplacismo. Hace décadas es hora de concentrarse en lo que importa, de aplicar educación en vez de predicarla tirando piedra. Un país distraído se hunde lentamente, pero no todos se van con él, porque ya han trabajando en el cultivo del individualismo que los salvará de la tragicomedia. Pero los demás, que sí quieren realmente al país, si tan cierto es dicho amor, despierten, prioricen.

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