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Opinión

  • | 2019/09/05 04:30

    Seguimos en el modelo de subdesarrollo

    ¿Qué es el modelo de subdesarrollo? ¿Por qué en Colombia lo seguimos aplicando? ¿Cómo se explica el aumento del consumo cuando simultáneamente disminuyen el empleo y la participación del sector laboral en el ingreso total? Juan Manuel López Caballero se lo cuenta en esta columna.

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Lo que se puede caracterizar como ‘modelo de subdesarrollo’ es aquel en el cual la productividad de todos los factores es baja, se acude cada vez más a la venta de recursos naturales, la actividad económica no se orienta a generar mayor valor agregado, y depende de factores externos que acaban siendo los que determinan la capacidad de crecimiento interno de la economía (concomitantemente determinan condiciones de sometimiento político a poderes extranjeros, pero eso no se tratará aquí). Nos dan como buena noticia que el crecimiento del PIB fue jalado por el consumo de los hogares y que el comercio y el sector financiero fueron los rubros que más crecieron. Esto significa que nuestro ‘crecimiento’, y más correctamente nuestro desarrollo, no se debe a actividades generadoras de mayor valor agregado. Como lo dice Salomón Kalmanovitz “se trata de actividades rentísticas cuyos ingresos están representados en márgenes de intermediación y comercialización que nadie sabe de dónde provienen”.

Otra inquietud paralela y coincidente es: ¿Cómo se explica el aumento del consumo cuando simultáneamente disminuyen el empleo y la participación del sector laboral en el ingreso total? Parte de la respuesta podría encontrarse en que lo que nos está salvando de una catástrofe mayor es el ingreso de remesas de los trabajadores en el extranjero. Por un lado contribuyen a la economía en general como ingreso externo, ayudando a la balanza de pagos y, por el otro, prácticamente todo llega como envíos periódicos para aliviar los faltantes de las familias.

Y resulta que su crecimiento se puede considerar vertiginoso. En 2012 fueron US$3.970 millones, creciendo paulatinamente hasta 2017 cuando entraron US$5.500 millones. Pero en el primer semestre de este año ya van US$3.245 millones. El incremento es cada vez más marcado, pero además el cambio promedio en 2012 fue de $1.800 por dólar y durante prácticamente todo 2017, los envíos tuvieron que hacerse a un cambio por debajo de $2.950 por dólar, mientras el promedio de enero hasta junio de este año ha sido cerca de $3.200 por dólar. Lo cual significa que con el alza del dólar es previsible que en el año entren a circulación directamente por cuenta de las remesas el triple que en 2012 y más de 70% por encima de lo de 2017.

Por supuesto que esto en sí no es una mala noticia sino lo contrario. Lo malo puede ser el no darle la interpretación correcta. Por un lado que es cierto que contribuye al consumo y al pasar por el sistema financiero ayuda a generarle mayores utilidades, pero infortunadamente eso permite disimular u ocultar la grave situación de los otros sectores que son los que generan empleo y producen valor agregado, y que hoy se encuentran estancados unos –como la industria y el agro–, y en caída otros –como la construcción, especialmente la privada–. Por otro lado significa que una de nuestras principales exportaciones acaba siendo la expatriación de nuestros nacionales que buscan empleo afuera por no encontrarlo aquí. Y como también es presumible que alguna parte de ellas sirvan a blanquear utilidades del narcotráfico, alguna conexidad puede darse en el aumento de ambos.

Esta dependencia de las divisas remitidas por los expatriados complementan nuestra dependencia del petróleo, carbón y resto de la minería, o sea, de la venta de recursos naturales, sometida además a factores internacionales sobre los cuales no tenemos incidencia alguna. El perfecto modelo de subdesarrollo con todos los elementos que lo integran.

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