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Opinión

  • | 2020/02/06 00:01

    Tormenta antes de la tormenta

    Mike Duncan es conocido por su pódcast 'La historia de Roma y sus revoluciones'. En su último libro 'La tormenta antes de la tormenta: el principio del fin de la república romana', hace una muy interesante descripción de cómo mucho antes de que Julio César se declarara emperador en el 44 a.C, había señales muy claras que explicarían el porqué de la caída de la República, y hace unas reflexiones muy serias alrededor del sistema neoliberal imperante hoy en los Estados Unidos y en general en Occidente, que son señales muy parecidas a lo que entonces le sucedió a Roma antes del colapso.

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En general su relato se centra en el éxito militar de Roma, sus conquistas y su expansión geográfica, lo que hizo en la práctica fue reclutar como soldados a una gran cantidad de hombres que antes vivían bien de sus minifundios, llevándoselos a conquistas que generaron riquezas inmensas, botín que en la práctica no se repartió equitativamente, sino que quedó en manos de unos pocos senadores y generales.

Al mismo tiempo la falta de trabajo en sus tierras empobreció a una enorme mayoría de la población, abarató la tierra, forzó su venta a unos pocos (senadores y generales) y creó una enorme masa de empobrecidos desempleados que fueron luego forzados a trabajar por pocas monedas.

De otra parte, se le negó la ciudadanía a los conquistados a los que se les dio el estatus de aliados pero que con el tiempo se convirtieron en nacionales de segunda clase carentes de una parte importante de los privilegios a los que tenían derechos los conquistadores. Esta creciente masa de población empobrecida y resentida (algo parecido a lo que pasa hoy en muchas geografías con los inmigrantes) se convierten también en un foco inmenso de protesta social que apoyaría luego la debacle de la república.

La historia sería simplemente eso: historia, y su importancia relativa, sino fuera porque siglos después, el autor no estuviera relacionando la debacle del Imperio a lo que de alguna manera está empezando a pasar en los Estados Unidos o en economías como la chilena, o la colombiana, en donde una protesta social constante y rabiosa, encuentra en esta su vehículo para canalizar su desacuerdo frente a una realidad cuasi romana: la de la inequidad.

Y es que el modelo implantado entonces por los Chicago Boys (una alianza entre la Universidad de Chicago y la Universidad de Chile en 1955), impuso un modelo que luego se derramó por otras economías como la nuestra, en donde se suponía que el mercado se autorregulaba cuando se generaba valor a los accionistas, valor que luego llegaba de forma inequívoca a la población. Esto iba de la mano de un estado pequeño y poco intervencionista en la economía nacional.

El incremento en Chile de los precios del metro fue simplemente la gota que rebasó la copa, frente a una realidad que hoy miran con sorpresa los analistas de la economía supuestamente más exitosa de nuestro continente, y es que los índices de desigualdad chilenos, al igual que los nuestros, son de los más altos del mundo.

Esta realidad se ha ido trasladando de forma preocupante desde el sector educativo (uno de los que más protesta) al laboral. El modelo abrió la compuerta de la educación privada que tuvo un boom en las últimas décadas, empobreciendo el aporte estatal a la educación pública (una de las más bajas del continente) y forzando a la naciente clase media a endeudarse de manera astronómica para darle acceso a sus hijos a títulos universitarios que no daban acceso inmediato a la élite empresarial que seguía reclutando a unos pocos y de las mejores universidades.

Algo similar pasó con el sistema de salud que se privatizó, se encareció y desvió la protección estatal hacia este sector, dejando a la deriva a un porcentaje importante de la población cuyo acceso al sistema y a la proveeduría de drogas es muy costoso y limitado.

Los grandes cambios sociales han sido impulsados por realidades económicas: de una parte, por el desespero de los más pobres que no encuentran una luz de optimismo en el sistema; de otra, por una clase media que había alcanzado una serie de conquistas, y que empiezan a ver como el modelo económico debilita su posición y los aleja de ese sueño de prosperidad que parecía a su alcance.

La realidad de las cifras es muy preocupante y es inocultable: la inequidad se ha aumentado, la concentración de riqueza es absurda y si bien hay una franja de la población (pequeña) que está saliendo de la pobreza absoluta, lo hace a un ritmo precario que no se compadece con los modelos de cambio social prometidos por una elite política con agenda propia.

Gobernar para pocos, lo ha probado la historia, es una receta fallida. El mercado no lo soluciona todo, y el estado no puede estar ajeno a forzar reformas sociales profundas que aceleren un cambio. De otra parte, la empresa hoy no solo tiene una responsabilidad con sus accionistas. Se abre paso el stakeholder capitalism, modelo en donde la empresa tiene una responsabilidad moral con todos los actores de la sociedad. El modelo tiene que cambiar, y el empresariado simplemente no puede ser ajeno a este cambio.

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